Por: Ricardo Leguizamón
La Defensoría del Pueblo de Paraná intervino en un caso que involucró a
grupos de jóvenes de tres barrios de la zona sur que se enfrentaron a
través de la red social, y que en marzo será reflejado en un informe que
dará a conocer la Unicef. Pero no siempre la violencia es explícita: en
la Justicia hay casos de padres que piden protección ante las
agresiones virtuales que reciben sus hijos. Se crean páginas para
denigrar a un compañero de escuela.
A veces, todo es muy feroz.
Una mamá llega a la oficina de un Juzgado de Paraná, Entre Ríos, y dice: “Mire
esto, doctor, mire lo que dicen de mi hija”. Saca unas cuantas hojas
impresas en una impresora, y en esas hojas se leen cosas así: “gorda”,
“boba”, “cara de aburrida”, frases más punzantes todavía, palabras con
daga filosa que hieren hondo, esas cosas que dicen unos cuantos
contactos, unos cuantos compañeros de la chica, compañeros de banco, de
escuela.
Lo dicen en internet, en Facebook, juntados como en una cofradía, en
una página que crean y que pueden ponerle, por ejemplo, “odiamos a
fulanita”, o “qué cara amarga tiene fulanita”, y todos escribiendo un
pensamiento parecido, que leen tantos.
Lo dicen, lo escriben, con sorna, se ríen, dirán ellos ahí, en esa misma oficina judicial, que todo es joda, nada más.
Doctor, es joda.
La chica, 12 años, queda tiesa de espanto y angustia.
Va y viene del psicólogo, y dice “mamá, me quiero ir de esa escuela, cambiame a otra”.
Los padres de aquellos chicos, subidos a la escalera de la
turbación. “¿Qué, doctor? ¿Me está diciendo que mi hijo escribió eso? Mi
hijo no, doctor, mi hijo no hace eso”.
Así es.
Facebook, la red social que es un entrevero de contactos, citas, y
por donde circula cantidad de información descartable, se ha convertido
en un escenario en donde los chicos, adolescentes, preadolescentes,
dirimen diferencias, batallan con los egos ajenos, se prometen pelea, se
auguran revancha.
A veces, lo cumplen.
ODIOS VIRTUALES. Los chicos chatean y se dicen cualquier
cosa, dice el psicólogo Francisco Rodríguez, y de eso, los padres, los
adultos, a veces ni se enteran de nada, ni poco ni mucho.
“Los adultos no dimensionamos esto que pasa con Facebook, y tampoco
lo controlamos. Y ese es el problema más grave”, sostiene Rodríguez.
Después, dice esto otro: que hay un fenómeno de descorporización de
las relaciones, que el cara a cara fue reemplazado por internet, las
relaciones virtuales, los contactos, y que en ese lugar, Facebook, no
pasa nada distinto de lo que ocurre en las calles, puertas adentro de
los hogares, en la sociedad, con la vecina de acá a la vuelta.
“Es decir, la violencia que aparece en todos los medios de
comunicación, en el fútbol, entre los sindicalistas, en la calle, los
chicos no la reciben en forma directa. Me parece que la están
metabolizando de modo virtual. Lo que no pueden hacer a través del
diálogo cara a cara, lo hacen con la tecnología. Antes, entre amigos,
siempre cargábamos a alguien, por chueco, por bizco, por rengo. Ahora
hacen lo mismo, pero el uso de la tecnología potencia todo. No es entre
dos o tres que se dicen algo, sino entre muchos. Y eso hace que la
agresión se transforme en algo muy doloroso”, señala.
Así, Facebook, el sitio de contactos, la red social que reúne amigos
con relaciones rotas, que permite encuentros a la distancia, que abre
hendijas por donde fisgonear lo que hacen otros, es también un
territorio para los acercamientos hostiles, para las peleas, para la
lapidación del pudor ajeno, para las escaramuzas de barrio.
El huevo de la serpiente, si hay que buscarlo en algún sitio, quizá
esté en la génesis: en 2003, cuando Facebook amaneció al mundo, abrió
una dura pelea entre sus fundadores, antes amigos, ahora litigantes en
un juicio que se hizo millonario.
Hasta ese año, los hermanos Cameron y Tyler Winklevoss, y Mark
Zuckerberg, vivieron en dulce montón como entrañables compañeros de
estudios en la Universidad de Harvard. Pero al año siguiente todo cambió
de modo acelerado. Facebook se convirtió en un fenómeno masivo y en un
negocio mejor, y aquella amistad de jóvenes universitarios terminó a los
codazos y en los tribunales.
En 2004, los hermanos Winklevoss entablaron una demanda contra
Zukerberg, acusándolo de haberles robado la idea original de crear una
red social.
Si la sangre finalmente no llegó al río fue por esto: en 2008 hubo
un acuerdo económico que les permitió a los hermanos alzarse con una
recompensa de 65 millones de dólares, y salir con el orgullo restañado.
Nada, comparado con lo que vendría después: hoy Facebook tiene más de
800 millones de usuarios, en 70 lenguas diferentes, y un valor de
mercado de 100 mil millones de dólares.
EN LA CALLE. El viernes 19 de de noviembre de 2011 no fue un viernes más en la ciudad: ese viernes anocheció de modo agitado.
Ese viernes, en la Peatonal San Martín se desató la furia. Como en
un western de manual, los chicos, mil, dos mil abigarrados en dos, tres
cuadras, se habían juramentado pelea, por Facebook, claro, y después,
dieron batalla, en la calle, claro, sin importarles cómo ni dónde.
La Policía, que detuvo a seis, uno lesionado, explicó después que
los chicos se habían citado ahí, en la Peatonal, para dirimir una
disputa que no resultó aclarada lo suficiente. Habían llegado de aquí y
de allá, del centro y de los barrios, de este y aquel colegio, y se
habían citado para dirimir discusiones virtuales.
Al tanto de estas escaramuzas, la Defensoría del Pueblo de Paraná
convocó a un grupo de entidades para ver qué hacer: cada viernes,
después de aquel viernes de furia, como parroquianos más, se sentaban a
las mesas de algún bar de la Peatonal la fiscal Cecilia Bértora, el
defensor de Menores, Pablo Alejandro Barbirotto, el defensor del Pueblo,
Luis Garay, y algunos más, para procurar entender qué era lo que
ocurría.
Todavía no lo consiguieron, y por eso las reuniones seguirán ahora,
en breve, en procura de encontrar la forma de prevenir las agresiones,
los insultos, la violencia virtual que después se traslada a las calles,
los puños, los rostros.
“Lamentablemente, los padres no saben qué hacen sus hijos, y esto
porque los medios de comunicación masiva, y Facebook es eso, no están al
alcance de los padres; no sólo porque el chico no se los permite, sino
porque además estamos frente a una brecha tecnológica y generacional”,
procura el defensor Barbirotto entender el asunto.
Pero no olvida que aquella refriega callejera, y los otros hechos
que empiezan en Facebook y concluyen en los arrabales de las crónicas
policiales, son producto de un clima de violencia que recorre a la
sociedad de cabo a rabo.
Hay, dirá también, un escenario muy precoz de incitación a la
violencia: en la tele los programas infantiles ya no son Mickey, el Pato
Donald o los Muppets, sino escenas de altísima violencia.
Y Facebook sigue esa lógica.
A veces es refugio para sumar amigos, para organizar rateadas en la
escuela, para juntarse en algún sitio, y también plataforma de citas
para batirse a duelo.
Y en ocasiones, mucho más.
Barbirotto cuenta un caso:
“Yo he tenido que intervenir en casos en los que un grupo de chicos
creó una página para insultar a un compañero de escuela. A ese chico le
destrozaron la autoestima y ya no quería ir más a la escuela”, dice.
MEDIAR, NO DIVIDIR. “Todos odiamos a”. Las páginas que se
crean en Facebook pueden tener esa identificación, y casi siempre cobran
el rostro de alguien, la identidad de alguien, y ese alguien siente que
el mundo está contra él. ¿Qué sucede entonces? ¿Cómo se vuelve de eso?
¿Sirve ir con la queja a un despacho judicial? ¿Alcanza con pretender
que un juez reprenda a los autores?
El defensor Barbirotto opina que la intervención judicial no sirve
de mucho. “Es más –afirma, convencido-: genera más conflicto, más
separación, y agranda todo. Lo que pasa es que el sistema judicial está
más preparado para separar que para unir a las partes. En esto, entiendo
que funcionan mejor las instancias de mediación”.
La abogada Irina Chausovsky es responsable del Centro de Mediación
de la Defensoría del Pueblo de Paraná y desde esa función procura
restañar las relaciones rotas por la violencia, el odio, la inquina
entre vecinos, ex amigos, parientes, casos que en la Justicia tienen un
único destino: el archivo. “No son causas para la Justicia, porque en la
raíz tiene situaciones más densas, que si no se resuelven, pueden tener
consecuencias graves”, asegura.
Pero aclara: los mediadores, no trabajan sobre el delito, sino sobre
situaciones de convivencia estropeadas por odios mutuos. Y para eso,
juntan a unos con otros, enemigos íntimos, abogados incluidos, y median
entre ellos.
En eso estaban los mediadores cuando les llegó ese caso que pronto,
en marzo próximo, será publicado por el Fondo de Naciones Unidas para la
Infancia (Unicef, según sus siglas en inglés), como ejemplo de buenas
prácticas: actuaron en medio de una situación traumática que alcanzó a
grupos de jóvenes de tres barrios de la zona de la ciudad, que llegaron a
un estado de violencia extrema entre ellos, vía Facebook.
“Los chicos se amenazaban así, por Facebook, y mostraban armas. Y los padres, ni enterados”, dice Chausovsky de aquel caso.
Los padres, vecinos, sus hijos, los enemistados, todos juntos fueron
llevados a una instancia de mediación: los mediadores trabajaron,
primero, con los padres, después con los chicos, y así, llegaron al
objetivo, que acuerden un cese de las hostilidades.
Los padres se constituyeron en árbitros de ese armisticio. Y la violencia cesó.
La abogada Chausovsky dice que de esos encuentros, de esa mediación,
aprendió mucho, y entre ese mucho, esto: que una botellita de agua
mineral, puesta a congelar en el congelador, dura como el hielo, se
vuelve un arma peligrosa en cualquier refriega callejera.
Y los padres, esto otro: muchas mamás, algunos papás, se abrieron
sus propias cuentas en Facebook, y así, pudieron seguir, siquiera de
lejos, por dónde van sus hijos.
Aunque la historia --¿hay que decirlo?-- no tiene fin.
Contenido completo en: El Diario
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