Vulnerar un sistema operativo es un fin para los analistas (mejoran, obtienen reconocimiento, ganan los "bounties"…), pero para los atacantes es solo un medio. Lo harán si consideran interesante el mercado que pueden alcanzar con ello. Windows es un jugoso objetivo (por varias razones) y por ello está sometido a un duro escrutinio por parte de los atacantes, que consiguen maximizar beneficios rompiendo su seguridad. Y no solo los creadores de malware, sino los que diseñan de ciberarmas de espionaje. Y estos últimos tienen además los recursos suficientes como para hacer un trabajo incluso más fino que los creadores de malware (que de por sí, no lo hacen nada mal). Tras muchos años de ataque (y los que quedan) Microsoft cuenta ya con un bagaje suficiente como para saber cuál es uno de sus mayores problemas en seguridad: la ejecución de código. Las vulnerabilidades van a estar siempre ahí, y la única posibilidad es intentar que no se aprovechen por atacantes.
En este sentido, cabe plantearse incluso si de verdad (hoy por hoy) Windows 10 es la versión predominante en sistemas de escritorio de empresas y este perfil podría aprovechar estas técnicas.

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