A estas alturas todos estaremos de acuerdo en que nos enfrentamos a
cambios singulares en la forma de entender la gestión de las
infraestructuras TIC. La irrupción de los servicios de cloud computing, y con ellos la IAAS “Infraestructure as a service”,
va a provocar en los próximos años una reestructuración de gran calibre
en este tipo de servicios, en buena parte consecuencia del desarrollo
masivo de los servicios de virtualización que nos permite cambiar
nuestras máquinas virtuales de CPD o datacenter en un abrir y cerrar de
ojos, al menos teóricamente.
Todo esto tiene unas implicaciones en materia de seguridad de
proporciones colosales. Los modelos de seguridad actuales,
fundamentalmente “estáticos”, tienen que evolucionar a modelos de
seguridad “dinámicos” adaptados a las necesidades de los servicios en la
nube, porque esta tendencia no tiene vuelta atrás. No se trata de que
opinemos si es mejor o peor la seguridad de los servicios “cloud”,
se trata de que diseñemos servicios de seguridad adecuados a esta
realidad, que como todo tiene aspectos positivos y aspectos negativos.
Ganamos en algunas cosas. Uno de nuestros puntos débiles en la
seguridad ha sido siempre la disponibilidad y la continuidad de negocio.
En este caso, en la nube, con escenarios de siniestro complicados como
la caída de un datacenter por un desastre natural, la solución parece al
alcance de cualquiera y los RTO parecen asumibles por cualquier tipo de
negocio. Es evidente que hay muchas cosas que rediseñar en los
servicios de seguridad en la nube.
Tomemos el caso de Google que tenía, en 2008, 36 localizaciones para
sus centros de procesos de datos con entornos virtualizados que les
permite cambiar estas ubicaciones de forma, digamos, “ágil”. Uno de sus
objetivos es, lógicamente, minimizar el coste de hospedaje de su
infraestructura y dado que podemos asumir que en un datacenter
el 50% del coste es el coste energético de la refrigeración,
entenderemos que los gestores de la infraestructura de Google busquen
términos de eficiencia energética cada vez mejores. Por lo que hemos
leído el factor PUE (Power use efficency) alcanzado por Google es impresionante: 1,21 de media. Esto supone que cada watio
útil que llega a una máquina que da servicio a sus clientes necesita
1,2 watios de consumo real. Evidentemente esto se puede conseguir
haciendo uso de datacenters que requieren poco uso energético para
refrigerar las maquinas y por tanto llevándose, por ejemplo, los
sistemas a localizaciones frías que utilicen aire del ambiente para
refrigerar las salas técnicas. Todo esto se puede además complicar
utilizando estrategias tipo “follow the moon” mediante las que
buscamos tarifas nocturnas de consumo energético y por tanto tarifas
económicas que, en definitiva, permiten reducir el coste de suministro
eléctrico de la máquina y directamente el coste del servicio.
Si en este entorno empezamos a pensar en seguridad la primera
reacción es la de estupefacción. Si ya es complicado conseguir un nivel
de seguridad adecuado en entornos estáticos desde el punto de vista
físico, si el entorno lógico, con la virtualización, es un entorno
altamente cambiante y además el físico también, el resultado es
directamente un manicomio especializado en la práctica de torturas, como
medida terapéutica, para los profesionales de la seguridad.
Evidentemente este escenario que se nos viene encima no es compatible
con las prácticas de seguridad actuales de la mayor parte de las
empresas especializadas en este tipo de servicio. Este escenario nos
está pidiendo a gritos que adaptemos las políticas, los procedimientos,
los controles, los sistemas de monitorización y gestión de la seguridad a
estos entornos que cambian a una velocidad endiablada.
Pensemos, por ejemplo, en un análisis de riesgos tradicional. En
nuestra opinión, los análisis de riesgos tradicionales son ya de por si
poco útiles, sobre todo si hacen uso de metodologías pesadas y complejas
como puede ser el caso de algunas metodologías que todos conocemos ;-).
Vaya por delante que son metodologías muy valiosas y que conforman un
buen punto de partida teórico, pero que en mi opinión no pueden ser
utilizadas de forma práctica sin los matices pertinentes. ¿Por qué?
Básicamente porque nos enfrentamos a entornos en continuo cambio. Cuando
se diseñaron este tipo de metodologías se hicieron pensando en
infraestructuras manejables, con evoluciones tranquilas, y en las que
revisar el análisis de riesgos periódicamente una vez al año podía ser
suficiente. Estas no son las hipótesis de partida a las que nos
enfrentamos hoy y por tanto estas metodologías no sirven cuando las
aplicamos tal cual fueron diseñadas.
Nos enfrentamos a entornos cambiantes desde el punto de vista lógico,
con continuas variaciones que tienen impactos en la estrategia de
seguridad clarísimos y por si fuera poco, en virtud de lo comentado en
la introducción de esta entrada, nos enfrentamos también a entornos
físicos cambiantes. En estas circunstancias las amenazas son variables,
sus probabilidades también y por tanto los riesgos también. En
definitiva, dentro del marco de servicios dinámicos de seguridad al que
nos hemos referido, tendremos que diseñar metodologías ágiles de
análisis de riesgos en tiempo real.
Mucho vamos a tener que trabajar para poder definir un marco global
de productos y servicios de seguridad dinámica en este nuevo entorno, y
mucho tienen que opinar lectores asiduos de este blog en esta materia…
pasen en cualquier caso, ya sea pasados por agua o no, un buen fin de
semana.
Autor: José Rosell
Fuente: Security ArtWork
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