5 abr. 2015

BlockChain: confianza y arquitectura descentralizada

Parte de ese estudio se tradujo en una charla que di en la Universidad Complutense sobre la evolución del mercado, desde el trueque hasta las monedas virtuales, pasando por temas que ya tratamos hasta la saciedad por estos lares, como el de la economía colaborativa.

Economía SWIFT frente a economía BlockChain

El Bitcoin es quizás la criptomoneda más conocida a nivel mundial. Y es curioso porque por primera vez en siglos, estamos ante un soporte económico cuyo valor proviene de un sistema descentralizado, frente al de la moneda tradicional y su paulativa digitalización (tarjeta de crédito/débito).

Hasta entonces, la moneda tenía valor por el sistema de confianza depositado en los bancos. Estas entidades realizan transferencias internacionales utilizando (mayormente) un sistema denominado SWIFT, que normaliza las comunicaciones y gestiona la seguridad y la integridad de todo lo que se haga entre sus fronteras. Hablamos por tanto de una organización centralizada. Un organismo que gestiona la comunicación, y varios organismos que mantienen la confianza del mercado en la moneda gracias habitualmente a bienes o recursos materiales.

Frente a este paradigma, surge el protocolo BlockChain, en el que la moneda en sí no tiene valor alguno (una moneda virtual como tal ni existe), sino que su valor viene dado por la tecnología y recursos necesarios para mover esa abstracción hacia diferentes cuentas (diferentes carteras virtuales). De hecho, una moneda virtual no se posee. Lo que se posee es una cartera virtual (parejas de claves públicas/privadas) y las transacciones que se hayan efectuado.

Lo bonito del caso es que estas transacciones ocurren de manera descentralizada. No hay un organismo tipo SWIFT que ampare la seguridad e integridad de los datos compartidos, sino que es la propia tecnología de bloques la que asegura que estos aspectos se cumplan. La que mantiene el historial de comunicaciones.

Se rompe por tanto la intermediación, o según como se entienda, la intermediación se produce de forma abierta y masiva, diluyendo sus principales inconvenientes (reparto desigualitario del control, peajes que hay que pagar), lo que hizo que al principio las monedas virtuales como el Bitcoin fuesen consideradas por algunos críticos (lobby bancario, principalmente) un riesgo a su modelo de negocio.

El Banco de Inglaterra liberaba un paper (EN) en el que se preguntaba si la economía estaría ya preparada para transmitir la credibilidad (confianza) del dinero “tradicional” al virtual. Es decir, utilizar el protocolo blockchain para expedir virtualmente monedas “blancas”, que cada banco acuñaría con su propia moneda (Europa euros, EEUU dólares, Inglaterra libras, ...).

Por EEUU se preguntan básicamente lo mismo. FedCoins (EN) sería el resultado, y sobra decir que Europa está estudiando el fenómeno, haciendo hincapié en los handicaps que hay que superar (EN).

La cuestión es todavía más compleja de lo que parece, ya que al igual que pasó con el P2P, el blockchain no tiene por qué estar únicamente encasillado en este mercado.

De camino a la Democracia de Dispositivos

El protocolo de bloques encadenados únicamente define una manera íntegra y segura de realizar comunicaciones entre dos puntos descentralizados, con o sin igual arquitectura, manteniendo un registro público y seguro de toda las transacciones hechas. Y aquí radica precisamente su potencial, ya que lo vuelve de facto interesantísimo para entornos tan caóticos como el de la economía, y también como el del Internet de las Cosas.

Dos elementos, sean cuales quiera que sean, buscan comunicarse entre sí por un medio como es Internet. Y cada uno es de su padre y de su madre.

Podríamos estar ante un smartphone intentando comunicarse con una lavadora, ante una cámara de vigilancia enviando información a una webapp, ante un servicio realizando de intermediario entre un beacon y un mupi en un centro comercial. Cada uno con su propia arquitectura, su propia forma de comprender el mundo que les rodea, y unidos, ahora sí, por bloques encadenados estandarizados.

En un panorama tan adaptativo y masivo como el que se nos presenta, queda patente que no es posible apuntar hacia la centralización. Como mucho, a una suerte de sistema híbrido, que recoja las ventajas de uno y de otro (habría que ver también los riesgos), pero las piezas empiezan a encajar.

Así es como más pronto que tarde este crecimiento exponencial de dispositivos y servicios conectados tendrá que llegar a la llamada Democracia de dispositivos. Un billón de bocas y oídos automáticos comunicándose todos con todos, de manera totalmente descentralizada. Cada uno con su lenguaje, pero interpretando el de los demás, y a sabiendas de que en cualquier momento un nuevo “individuo” que hasta ahora desconocíamos puede entrar en la conversación.

Y el término no lo ha acuñado un servidor, sino IBM en un reciente paper (EN).

¿Será el protocolo blockchain el futuro de las comunicaciones descentralizadas? Pues sinceramente, apunta maneras. Cada bloque nuevo contiene el historial completo de las transacciones anteriores (podría usarse de libreta de direcciones como ocurre a día de hoy con la gestión de dominios de internet, pero de forma descentralizada y pública), y el sistema, aún considerando que no es 100% infalible (EN), parece lo bastante seguro como para depositar la confianza en él (a fin de cuentas, no es menos seguro que un sistema basado en la confianza que otorga un organismo centralizado).

Lo que no quita que se compatibilice con otros para según qué objetivos y recursos tengamos (hay que recordar que una arquitectura Blockchain precisa de un trabajo en recursos relativamente alto (minería de bloques) que permite la lectura y escritura del historial cifrado).

Como mínimo, el futuro parece la mar de interesante, ¿verdad?


Fuente: Pablo Yglesias

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